Desde niña, la pintura siempre fue parte de mi vida. Mi mamá recuerda que uno de mis primeros regalos fueron unas acuarelas y que podía pasar horas pintando en silencio. Con los años la vida cambió, llegaron la escuela, el trabajo y, sin darme cuenta, guardé los pinceles.
Todo volvió durante la pandemia.
Entre la incertidumbre, el encierro y la ansiedad, encontré nuevamente mis acuarelas. Al principio pintaba paisajes y flores como una forma de encontrar calma, hasta que un día decidí intentar pintar el retrato de un perrito. Sin planearlo, descubrí que había encontrado aquello que más disfrutaba crear.
Poco después llegó el primer encargo: un retrato de Rufo. Después vinieron otros perros, gatos y muchas historias diferentes. Así nació Retratos con Huellas.
Hoy sé que un retrato no consiste solamente en reproducir una fotografía.
Cada pincelada busca conservar una mirada, una personalidad y un vínculo que sigue viviendo en quienes compartieron su vida con ese compañero tan especial.
Porque una mascota nunca es "solo una mascota".
Es familia.
Y cuando su recuerdo permanece, el amor también.